
Jamás Visto, obra escrita por Tamara Villa y codirigida por la misma autora y Andreina Olivari, nos enfrenta a una sátira contemporánea en la que existe un proyecto educacional innovador, en el que la organización del colegio se decide mediante asambleas y consenso con toda la comunidad educativa. Sin embargo, lo ideal se vuelve catastrófico al enfrentar las reales intenciones de los estudiantes: crear campos de concentración y establecer cadenas perpetuas como castigos, aprobados por la directora del colegio, interpretada por Roxana Naranjo, y el educador diferencial, por Alex Parraguez.
La incoherencia queda en evidencia cuando llega de visita la investigadora (Clarita Giacaman) enviada por la corporación sostenedora del colegio, quien cuestiona estas prácticas hasta que se enfrenta directamente a ellas cuando resulta ser victima de el robo de su celular luego del abrazo de unos de los estudiantes. Así, durante gran parte de la obra vemos expuesta la oposición de formas de pensamiento respecto a las ideas de democracia y lo punitivo en la actualidad. El colegio se convierte en el paraguas de toda la sociedad cuando debemos decidir quién y cómo nos gobierna y cómo decisiones que parecen conscientes, atentan contra los derechos humanos y las libertades esenciales de cada persona.
En todas las generaciones existen diferentes miradas hacia la juventud con un lente pesimista. Los padres de los millennials se escandalizaban con la irrupción de las tribus urbanas y las asociaban a promiscuidad, abuso de drogas, delincuencia y depresión. Ahora existe un desdén hacia los therians y a los jóvenes que se reúnen a farmear aura en espacios públicos, como también a quienes escuchan y crean música urbana. Esto también sucede porque a medida que nos volvemos mayores, el conservadurismo poco a poco toma espacio en nuestra existencia y las nuevas tendencias que surgen entre adolescentes parecen extrañas y peligrosas para lo establecido. Frente a esto, existe su fuerza opuesta, encarnada por pensamientos progresistas que validan las voces de niñeces y jóvenes, además de apostar por la tan ansiada y escurridiza democracia.

El texto es incisivo con los discursos asociados a la izquierda más progresista, en el que permanentemente se pide cuestionar los privilegios personales a quienes son vulnerados en diferentes niveles, como es el caso de los docentes. También sucede cuando poco a poco la investigadora se ve envuelta en el caos propuesto y expone su real preocupación, la imagen del colegio más inclusivo y democrático de Chile. La obra logra su peak cuando hace una paradoja del proceso constituyente y su fracaso.
Otra de las imágenes reveladoras de la obra es cuando un estudiante (José Miguel González) llega al establecimiento con una guagua muerta en brazos. El recién nacido está muerto y fue llamado Esperanza por su madre, quien tuvo muchos hijos en un vagón del metro mientras hablaba sobre imaginar otra realidad. El niño se aferra a este pequeño, a la espera de que despierte.
Con un tono que evoca al trabajo realizado por las compañías Bonobo Teatro y La Desideria, la obra navega por las contradicciones de las propuestas que se oponen al fascismo, pero que no presentan una propuesta clara respecto al bien común, con lenguajes complejos frente a las necesidades del presente de las infancias, en este caso. De esta manera, los discursos de la ultraderecha avanzan y explotan frente a nosotros, dejándonos estupefactos e invitándonos a pensar ¿cómo imaginamos el futuro con la esperanza muerta en nuestros brazos?
Créditos imágenes: © Luz Andrea Sierra




