
Durante las últimas campañas presidenciales, el diario El Mercurio ha publicado artículos con las preferencias artísticas de cada candidato, cosa que me ha entretenido enormemente en cada ocasión porque la encuentro mucho más precisa que un test de Rorschach. En la campaña de 2017, ante la pregunta de cuál era su obra de teatro favorita, casi todos los candidatos respondieron La negra Ester, el musical inspirado en las décimas de Roberto Parra y montado en 1988 por Andrés Pérez con la compañía Gran Circo Teatro. Las únicas respuestas diferentes las dieron Marco Enríquez-Ominami, quien en un caso de gula intelectual respondió “todas las de Juan Radrigán” y José Antonio Kast, quien mencionó la única obra foránea: el musical Les Misérables, basada en la novela homónima de Victor Hugo, estrenada en 1980 en París, pero más famosa por su versión en inglés.
Siempre me ha llamado la atención esta preferencia de Kast por “Les Miz”. ¿Por qué a un político ultra conservador le gustaría una obra sobre una rebelión cívica? ¿Con qué personaje se podría identificar? No puede ser el protagonista Jean Valjean, quien a pesar de su prosperidad meritocrática nunca pierde su capacidad de apoyar a los desprotegidos y siempre mantiene un aura de clase baja. A primera impresión se podría asociar a Kast con el antagonista, el inspector Javert, debido a la obstinación compartida por la ley y el orden; pero Javert se precipita en el río Sena ante la imposibilidad de comprender la misericordia ofrecida por Valjean. No me imagino a Kast ni siquiera cerca del río Mapocho, a menos que hiciera canotaje con la pantalla protectora de policarbonato que usó en su última campaña.

La única manera en que he podido interpretar el gusto de Kast por este musical es aplicando una lectura inversa. Porque así como esta obra es el retrato de una rebelión, también es el daguerrotipo de una derrota. Sí puedo imaginarme a Kast disfrutando gozoso con el segundo acto, donde los rebeldes liderados por Enjolras son acribillados en plena defensa de la barricada. Que la obra termine con una repetición del himno “Do You Hear The People Sing?” lo debe ver como una ironía sobre el idealismo. En su primera cuenta pública, Kast agradeció a la población chilena por no reaccionar con un “estallido” ante el alza de los costos de vida y los recortes a destajo a los programas sociales, lo que sumado a su propuesta de reforma constitucional de seguridad filtra que la fantasía de tener una rebelión a la que pudiese reprimir vive gratis en su cabeza.
En el artículo de 2021 Kast mantuvo su preferencia por Les Misérables, así que esa vez fueron otras respuestas las que me llamaron la atención. Gabriel Boric declaró que su obra favorita era Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, lo que podía leerse como un anticipo de la familiaridad forzada que se debió establecer entre la Concertación y el Frente Amplio durante su gobierno. Enríquez-Ominami, para hacerse pasar por candidato de centro, se sumó a La negra Ester, junto con la candidata demócrata cristiana Yasna Provoste. Franco Parisi mencionó que la obra que más le gustaba era El violinista en el tejado, lo que es muy congruente porque la canción “If I Were a Rich Man” podría ser perfectamente su tema permanente de campaña.
Fue en el último artículo de 2025 donde Kast cambió de opinión y afirmó que ahora su obra favorita es el perenne musical nacional, La pérgola de las flores, obra que sorpresivamente ningún candidato había mencionado antes. Quiero partir con el beneficio de la duda, después de todo esta obra ha sido masivamente popular desde su estreno en 1960. Yo también me considero diez mil veces #TeamPérgola y podría proclamar sin hipérbole de considerarla como la mejor obra del teatro chileno. El asunto es que si ya hay que hacer malabarismo mental para justificar la preferencia de Kast por “Les Miz”, con “La Pérgola" los posibles argumentos no brotan.
Quizás este cambio se debió a su persistente necesidad de aparentar patriotismo (al ser hijo directo de inmigrante), o quizás le recomendaron modificar su respuesta para apelar a la popularidad. Sin embargo, no podía sumarse a La negra Ester porque ya se había convertido en un comodín. En la última campaña tanto la candidata comunista Jeannette Jara como la candidata de derecha Evelyn Matthei expresaron su gusto por esa obra. Citando a Nicanor Parra: izquierda y derecha unidas, jamás serán vencidas. Para demostrar superioridad tendría que escoger una obra más grande que La negra Ester y en el canon nacional solo hay una que satisface eso: La pérgola de las flores. El punto es que ninguno de sus asesores reparó en que la dramaturga de la obra fue militante comunista. Compañera Isidora Aguirre presente, ahora y siempre.
Porque más allá de las canciones de Francisco Flores del Campo, de los pasos de charleston y de los cortes de pelo a lo Clara Bow, el meollo de La pérgola de las flores ES el conflicto entre clases. Un grupo de floristas buscan proteger su lugar de trabajo ante un plan de reconstrucción capital. Una mujer de clase acomodada les juega en contra por sentirse burlada por ellas y aprovecha sus relaciones muy personales para impulsar la carrera laboral de su nepobaby. Este hijo apitutado termina siendo empujado a una pileta por parte de los manifestantes. Las pergoleras planean varios ardides para congraciarse con el alcalde, pero todos fallan por la incompatibilidad de comportamiento entre clases sociales. Esos errores derivan a un alboroto en plena kermesse de la alta sociedad en el Club Hípico, donde la líder de las floristas termina tratando de “rucia potifrunci” a la antagonista, un apodo que considero debería reciclarse políticamente.
Si consideramos las acciones públicas en esta obra, tanto las pergoleras como otros personajes que apoyan su causa quedarían fácilmente incluidos en Registro Nacional de Actos Vandálicos que ha propuesto legislar el actual presidente. Sin embargo, dentro de la obra no hay ninguna recriminación por el derecho a la revuelta. Es más, la protesta logra ser asimilada por la autoridad: el alcalde propone un empate al último minuto que deja conforme a ambas partes. La clase trabajadora considera que sus derechos han sido respetados, mientras que la clase acomodada conserva la jactancia de sentirse responsable del progreso de la ciudad, lo que pinta un panorama ilusivo de igualdad social.
Esa utopía del siglo pasado llegó sin bencina al incidente ocurrido el pasado sábado 31 de mayo, el Día del Patrimonio, donde el público asistente abucheó al actual ministro de Culturas, Francisco Undurraga, antes de la presentación de “La Pérgola” programada en el Centro Cultural CEINA. Para más remate, esa función fue transmitida en vivo por Televisión Nacional de Chile, así que la recepción reacia quedó registrada en directo. Ya habían sonado un par de preludios tres semanas atrás: primero fue en el Teatro Municipal de Chillán, donde la SEREMI local mencionó el nombre del presidente y las pifias fueron inmediatas. Recordemos que la región de Ñuble fue donde Kast obtuvo su mayor porcentaje de votación en segunda vuelta.
El segundo caso fue la participación de Undurraga en el encuentro de especialistas de industrias creativas Aurora Conecta en Centro GAM, donde un dirigente lo interpeló con insistencia. El ministro intentó buscar apoyo en los demás asistentes, preguntando si esa persona les parecía una molestia para seguir desarrollando su exposición, ante lo cual recibió un sonoro “NOOOO” de vuelta, a lo que respondió con la notable queja de “Abucheen un poco más, si esto es lo que vienen a hacer, no vienen a escuchar”. Con estos preámbulos, pretendamos estar choqueados con la bolina (¡Santa Catalina!) que hubo en CEINA; pero parece que Undurraga quiere obtener el premio empleado del año, porque a los días siguientes redobló las afrentas y planteó que la actriz Amparo Noguera conspiró una encerrona en su contra.
Tanto la productora como el elenco de ese montaje publicaron sus declaraciones contraargumentando estas acusaciones, así que me concentraré en otros dos puntos que reclamó Undurraga en ese entonces. El primero es que denuncia que se modificó la obra para burlarse del presidente al incluir la palabra “metáfora” en una escena, vocablo que se ha convertido en un apodo presidencial autóctono (a diferencia del “merluzo” importado para mofarse de Boric) porque Kast lo usó en una explicación sobre su exagerado plan de control de inmigración. A propósito, durante la temporada teatral de este año, ya otras cuatro obras más han hecho el chiste de la “metáfora” y a medida que pasan los meses, cada vez está más gastado y funciona menos.
Es cierto que la palabra “metáfora” no está en el texto original, pero si se va a reclamar por modificaciones, podríamos hablar sobre como a la antagonista Laura Larraín, viuda de Valenzuela, durante la dictadura de Pinochet le tuvieron que cortar la frase original “Con este régimen de milicos, los pacos creen que pueden hacer lo que se les da la gana.” Sí, esta frase la declara el personaje más privilegiado de la obra. En todo caso, “La Pérgola” no tiene que ser adulterada para demostrar su adaptabilidad a cada década. En el registro audiovisual del montaje de 1987, cuando la lideresa Rosaura y el cufifo Rufino debaten sobre el derecho a pataleo antes de la canción “La cueca de la revuelta”, se oyen las risas y los aplausos cómplices de un público que todavía le faltaba un año para plebiscitar sobre la continuación o el término del gobierno militar.
El otro reclamo de Undurraga es haber quedado sentado al lado de Carolina Arredondo, ministra de Cultura del gobierno anterior. Arredondo terminó por casualidad ahí, al solicitar una invitación a último momento y se tuvo que ubicar donde quedaban asientos disponibles. Cuando se organiza ICARE, ¿no se encuentran los ministros de Economía? ¿El actual canciller no ha tenido que solicitar consejos a sus antecesores? Con esta comedia de equivocaciones, ya a los tres meses de asumir el cargo Undurraga tenía nula credibilidad ante el ámbito cultural. Desde entonces se ha convertido en un ministro holograma, de la misma manera como lo fue Consuelo Valdés durante el segundo período de Piñera, con sus apariciones limitadas a declaraciones torpes en prensa y reels inanes en Instagram.

Hay un detalle descolocante en el programa de mano del montaje original de “La Pérgola”. La portada es muy inocente, con flores amarillas y dos figuras de palitos que serían las pergoleras. Sin embargo, en la anteportada hay una silueta masculina soltando una bomba. En la obra no hay ninguna acción tan beligerante y ningún personaje masculino es tan importante (si alguien quiere una versión patriarcal de “La Pérgola”, puede ver la película argentina de 1965 bajo su propio aburrimiento). El urbanista Valenzuela es demasiado despistado para cometer un crimen y el alcalde Alcibíades es demasiado elástico para cumplir su promesa de “romper todas las esquinas de Santiago” para convencer a su amante. Entonces, ¿por qué esta obra en su estreno amenazaba con una explosión?
Del mismo modo que los pétalos encubren el eje floral, “La Pérgola" atrae con su formato escénico para distraernos de su discurso germinal. Citando ahora a Mary Poppins: “Un poquito de azúcar toda purga endulzará” y es innegable que la obra vierte litros de granadina para disimular su dialéctica. Fue muy eficaz en eso porque no solo sobrevivió el apagón cultural de la dictadura sino que logró pasar colada al punto que el Consejo Nacional de Televisión grabó un teleteatro en 1975, dejándonos un registro de los intérpretes principales del elenco original. Aunque los vientos de la historia soplen fuerte, “La Pérgola" ha resistido enraizada cual planta “carne de perro” por seis décadas y media.
Querer verla como una pieza patrimonial impoluta es ignorar que la semilla de La pérgola de las flores es la consagración de la pataleta. Porque “La Pérgola" no solo es castiza, es hermosa, es poética y también original, sino que además es ladina, es burlona, es política y también intencional.
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